Hace algunos años escribí sobre una idea que sigo utilizando con frecuencia en consulta: «Lo que dicen los demás no cambia la realidad»[i]. Con el tiempo, la experiencia personal y profesional me ha llevado a profundizar en esa reflexión. Porque el verdadero problema no es que los demás opinen sobre nosotros; el problema aparece cuando convertimos esas opiniones en definiciones sobre quiénes somos.
Cuando recibí mi primera formación en coaching, aprendí a trabajar con el concepto de «distinción», y una de las más útiles era la diferencia entre hechos y opiniones.
En realidad, no era una idea nueva. La filosofía antigua ya había reflexionado sobre ello. Para los estoicos, la realidad era independiente de los juicios que las personas hacían sobre ella. De hecho, la conocida afirmación de Epicteto: «No son las cosas las que nos perturban, sino las opiniones que tenemos sobre ellas», suele considerarse uno de los antecedentes filosóficos de la psicología cognitiva. En una línea similar, Marco Aurelio escribió en sus Meditaciones que debíamos centrarnos en la verdad de las cosas y no en la fama, los elogios o las críticas ajenas.
La filosofía contemporánea también abordó esta cuestión. Arthur Schopenhauer sostuvo que la opinión de los demás suele tener menos importancia de la que le atribuimos y que, aunque una persona sea objeto de críticas o alabanzas, su realidad permanece intacta.
Sin embargo, en la práctica clínica es frecuente encontrar personas con inseguridad, dependencia emocional o una necesidad excesiva de aprobación que terminan confundiendo la opinión ajena con una descripción objetiva de quiénes son.
Este error, tan común como doloroso, consiste en otorgar a las opiniones de los demás un poder que en realidad no tienen. Así, una crítica puede sentirse como una demostración de incapacidad; un rechazo puede interpretarse como una prueba de falta de valor personal; y una burla puede vivirse como la confirmación de un defecto.
La consecuencia es que dejamos de preguntarnos si lo que escuchamos es cierto o útil y empezamos a asumir que debe ser verdad simplemente porque alguien lo ha dicho. Poco a poco, la valoración externa pasa de ser una información más a convertirse en el criterio principal con el que nos evaluamos a nosotros mismos. 
Por eso es tan importante distinguir entre hechos y opiniones. Las palabras tienen impacto psicológico, pero no poder ontológico[ii]. Pueden influir en cómo nos sentimos, pero no transforman la realidad que describen.
Las opiniones son informaciones, no definiciones. Algunas pueden contener verdades útiles; otras pueden estar equivocadas, sesgadas o responder a los intereses, emociones y limitaciones de quien las emite. Por eso podemos tenerlas en cuenta, no porque sean determinantes, sino porque pueden proporcionarnos información valiosa.
Nuestra autoestima se fortalece cuando comprendemos que podemos escuchar a los demás sin entregarles la autoridad para decidir quiénes somos.
Porque lo que dicen los demás puede modificar nuestra percepción de la realidad, pero no la realidad misma.
Nuestra independencia emocional comienza cuando colocamos a los demás en el lugar que les corresponde: una fuente de información, no la dirección de nuestra vida emocional.
Es un proceso largo y difícil, pero posible. Especialmente si empezamos por situaciones cotidianas y aparentemente insignificantes.
«No me gusta la camisa que llevas». «No creo que estuvieras acertado en lo que dijiste». «Yo no lo hubiera hecho así». «Parece que no te desenvuelves bien en este ambiente».
¿Qué significan realmente estas opiniones? ¿Qué mi camisa es objetivamente fea? ¿Qué debería haber dicho algo diferente? ¿Que tendría que actuar como otra persona considera adecuado? ¿Qué debo comportarme según las expectativas ajenas? ¿Por qué?
Que a alguien no le guste mi camisa no significa que yo no pueda llevarla con gusto. Quizá simplemente no la elegiría para quedar con esa persona. Puedo tener en cuenta las opiniones, gustos o preferencias de los demás sin dejar de ser yo mismo.
Escuchar no implica obedecer. Considerar no significa asumir. Y discrepar no equivale a rechazar a quien opina de forma distinta.
Si cada día hacemos el ejercicio de analizar lo que nos dicen los demás en su justa medida, daremos un gran paso hacia una mayor independencia emocional y mejoraremos nuestro autoconcepto. Aprenderemos a diferenciar entre quiénes somos y lo que otros creen que somos.
La frase «Lo que dicen los demás no cambia la realidad» surgió en una conversación con mi hijo cuando era adolescente. Desde entonces la he utilizado tanto para mí mismo como en mi trabajo como psicólogo. Con el paso del tiempo, he comprobado que muchas personas no necesitan dejar de escuchar a los demás; necesitan aprender a escucharlos sin perderse a sí mismas.
Porque, al final, la madurez emocional no consiste en vivir al margen de la opinión ajena, sino en ser capaces de otorgarle el lugar que le corresponde: ni ignorarla por completo ni convertirla en la medida de nuestro propio valor.
Eduardo Lázaro Ezquerra
Psicólogo General Sanitario
Colegiado nº.: M-15645
Teléfono: 647910142
Email: elazaroezquerra@gmail.es
[i] https://www.centropsico.es/lo-que-dicen-los-demas-no-cambia-la-realidad/
[ii] El poder ontológico es la capacidad de definir qué es real, qué existe y qué valor tiene dentro de una sociedad. El término ontológico es un adjetivo que hace referencia a la ontología, la rama de la filosofía que estudia la naturaleza del ser, la existencia y la realidad.